viernes , 10 abril 2020

‘Un enemigo del pueblo’, de Henrik Ibsen: «El poder político y la manipulación de los medios contra el héroe local»

                          “De acciones execrables y malvadas

                        fue causa el fanatismo muchas veces.”

                                    Lucrecio.“De Rerum natura”. Libro primero.

 “El objetivo del teatro es la extensión de lo visible” –ha escrito Juan Mayorga-, dicho con otras palabras: hacer visibles aquellos aspectos de la vida humana que no siempre lo son a primera vista. Esta misión del teatro parece ahora más urgente y necesaria que nunca ante la situación de desconcierto, angustia y zozobra por la que atravesamos. En ausencia de “teatro” sensu stricto, con las salas cerradas por la gravedad de la crisis, cabe constatar que los libros, los textos teatrales, siguen estando ahí y podemos ir a ellos en busca de ayuda para interpretar y dar sentido a lo que nos acontece.

Desde que se desencadenó esta horrible pandemia y mientras pensaba en escribir estas líneas varios títulos me han estado rondando la cabeza, pero hay uno que se ha terminado imponiendo de manera imperiosa y cuya lectura me permito modestamente recomendaros, amigos y seguidores del Heraldo. Se trata del drama social Un enemigo del pueblo, del dramaturgo noruego Henrik Ibsen; en primer lugar porque el desencadenante de la acción dramática de la obra es también un problema de salud pública; pero sobre todo por las múltiples implicaciones sociales políticas y morales del conflicto que la obra plantea, cuestiones todas que seguro que están en el centro de vuestras reflexiones durante estas interminables horas de obligado retiro y enclaustramiento. Implicaciones de carácter social, relativas al bien común, al comportamiento de la ciudadanía o de la prensa en momentos de crisis; de carácter político en relación a la ejecutoria de los poderes públicos y sobre el riesgo de que la democracia degenere en demagogia; y, en fin, implicaciones de carácter moral sobre la responsabilidad personal y sobre el precio que hay que pagar por decir la verdad.

El dramaturgo Henrik Ibsen

            Un enemigo del pueblo cuenta la historia de un hombre íntegro que ha asumido ese riesgo; describe la peripecia de un luchador infatigable que defiende, quijotescamente, y en el ejercicio de su libertad, su derecho a decir lo que le dicta su conciencia. El doctor Stockmann, protagonista absoluto de la pieza, descubre que las aguas del balneario en el que se cifra el desarrollo y la prosperidad de la ciudad y de toda la comarca están contaminadas, y decide denunciarlo, pese a la oposición de la municipalidad que considera que cerrar el balneario acarrearía el desprestigio de la institución y la ruina económica de sus conciudadanos. Al principio la prensa local se ofrece a difundir tales informaciones, aunque pronto, por razones de conveniencia, se pone de lado del alcalde y manipula la opinión pública para ponerla en contra de Stockmann. En un espléndido acto IV, en una multitudinaria asamblea que el doctor Stockmann ha convocado para explicar la verdad a sus vecinos, el alcalde, las organizaciones cívicas y la prensa se confabulan para desprestigiarlo y enfrentarlo a los ciudadanos que acaban por llenarlo de improperios y decretarlo “enemigo del pueblo”.

            Escrita hace más de un siglo la obra parece dirigida a espectadores de nuestro tiempo y en conjunto, constituye un microcosmos que funciona como paradigma de las sociedades modernas, con sus conflictos de intereses entre lo privado y lo público, entre los ciudadanos y las instituciones, sometiendo, como hemos dicho, a un riguroso análisis el funcionamiento y esencia de la democracia como sistema de gobierno llegando incluso a poner en tela de juicio la validez del principio del sufragio universal como fuente de legitimación del poder político cuando ello no va unido a un ejercicio efectivo del derecho de la libertad de expresión.

            Temas, como vemos, de gran calado y situaciones que cualquier lector que se adentre en la pieza de Ibsen reconocerá como cotidianas y de patente y dramática actualidad con solo sustituir el asunto de la contaminación de las aguas del balneario por la expansión incontrolada de la pandemia de coronavirus que nos está asolando. Cuando Peter, el alcalde de la ciudad, pide al doctor Stockmann que silencie el informe científico sobre la contaminación de las aguas del balneario para no causar alarma y ”arruinar la ciudad” uno no puede por menos de hacerse algunas preguntas ¿Cuándo y quién descubrió el inicio de la propagación de la epidemia en nuestro país? ¿Por qué decidió no denunciarlo a tiempo de evitar el desarrollo descontrolado de los contagios? ¿Obedecía el retraso de tal decisión a intereses políticos ajenos al único objetivo sensato y racional el de frenar su propagación y evitar la mortandad de la población?

            También inquieta el drástico cambio de postura de Hovstad, director del periódico local, ante las presiones del alcalde. Primero se muestra decidido, entusiasmado incluso, y considera que es una misión inexcusable del periódico difundir el informe de Stockmann; luego ante las amenazas del alcalde y de una o opinión pública adversa decide silenciar a Stockmann y darle la espalda. Volviendo la mirada a nuestro aquí y ahora cabe preguntarse ¿Qué papel está jugando la prensa y la TV en todo el asunto de la pandemia? ¿Está mostrando toda la trasparencia y veracidad exigida por la ciudadanía para saber a qué atenerse? ¿Son ejemplares las ruedas de prensa del Presidente del Gobierno con preguntas pregrabadas y filtradas por el Secretario de Estado de Comunicación y sin posibilidad de repregunta y réplica? En particular TVE, la televisión pública y financiada con los impuestos de todos ¿no está contribuyendo a una tarea de ocultamiento y manipulación interesada de la información para blanquear los errores e incompetencia del gobierno en el manejo de la crisis o para canalizar el descontento creciente de la población hacia algún chivo expiatorio –como el doctor Stockmann- y derivar hacia él todas las responsabilidades?

            ¿Y la sociedad civil? Representada en la obra por Aslaksen, presidente de la Plataforma Cívica, su comportamiento es oportunista y deleznable; situado en principio al lado del doctor Stokmann, cuando las cosas se ponen feas le falta tiempo para correr y ponerse al lado del vencedor. Volviendo a nuestro presente, el equivalente a esta Plataforma cívica serían las organizaciones sindicales, las ONGs y los partidos políticos. ¿Para cuándo los intereses partidistas y un cortoplacismo ruin y miserable dejarán paso a la altura de miras, a las decisiones meditadas y valientes y al sentido de estado?

            Mi gratitud, mi reconocimiento y mi apoyo sin fisuras a médicos, sanitarios, Fuerzas del orden y todos los que están en la primera línea de fuego para contener la epidemia, y a quienes con su avituallamiento o acompañamiento desde los medios de comunicación no serviles permiten organizar y mantener la resistencia. Esto no viene en la obra, claro, como tampoco la actitud heroica de una mayoría social ejemplar, que esta vez, al contrario que en la obra de Ibsen (donde mayoritariamente crucificaron a Stockmann), un pueblo, digo, que esta vez sí ha identificado a su verdadero enemigo.

Gordon Craig, 24-III-2020

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              “De acciones execrables y malvadas

                        fue causa el fanatismo muchas veces.”

                                    Lucrecio.“De Rerum natura”. Libro primero.

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