Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
Desplazarse por las zonas que han sufrido las graves consecuencias de los lamentables incendios producidos en nuestra provincia produce sufrimiento y tristeza. Los residentes y visitantes han vivido jornadas de incertidumbre, de dolor y de angustia. Han tenido que experimentar largas noches de insomnio, evacuaciones, confinamientos y desplazamientos lejos de sus hogares.
Hemos conocido gestos heroicos de trabajo infatigable de profesionales, respuestas inmediatas de acogida para los desplazados, muestras de solidaridad. Hemos visto manos abiertas dispuestas a trabajar, oídos atentos para escuchar, pies diligentes para salir al encuentro de los más vulnerables, corazones capaces de ver y de actuar en consecuencia.
Gracias a la actuación generosa de muchas personas e instituciones, se han evitado pérdidas humanas, pero son numerosos los recursos naturales que han quedado convertidos en ceniza. Parte del paisaje se ha reducido a un lúgubre escenario gris y negro.
Las lágrimas de quienes han sufrido durante estas jornadas, el silencioso lamento de quienes todavía no pueden verbalizar lo ocurrido, porque no encuentran palabras para expresar lo que han sufrido, reclaman de todos nosotros una actitud de escucha, de acogida y de compañía.
Al visitar tantas zonas teñidas de polvo y ceniza, descubrimos que nuestra misión ahora es ser una sencilla presencia que acompaña.
Los expertos analizarán las causas, propondrán iniciativas de prevención, protocolos de evacuación, sistemas de comunicación, áreas de intervención, centros de información, redes de actuación y otros muchos proyectos. Se movilizarán recursos para alimentar y abastecer de agua a los ganados. Se trabajará para paliar los efectos contaminantes de las cenizas. Habrá respuestas, y no solamente promesas, para los agricultores, hosteleros y comerciantes.
Hay muchas cosas que se pueden hacer. Los incendios ya producidos y sus consecuencias son una lamentable realidad, pero es decisiva la actitud con la que afrontamos esta dolorosa experiencia. Llega el momento de alzar la mirada, de comenzar a construir el futuro.
Este es el tiempo de analizar, reflexionar y aprender. Y también de caminar paso a paso en dirección hacia el mañana. Caminar con criterio, de modo solidario, tejiendo relaciones, construyendo vínculos, tendiendo puentes entre las personas, generando amistad social.
Quienes han perdido todo o mucho, no deben perder lo esencial: la esperanza. Hay noches que no sirven más que para que amanezca. Detrás de cada anochecer surge el nuevo resplandor de un día inédito que nos regala originales posibilidades.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara
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El Heraldo del Henares
